sábado, 4 de mayo de 2019

HABANADA NUESTRA QUE ESTAS EN EL CIENO

Habanaura from Orlando Luis Pardo Lazo on Vimeo.

Habanada
Orlando Luis Pardo Lazo

¿Qué hacemos todos a estas alturas aquí?

Tantas veces me despedí de La Habana en La Habana que, a la hora de despedirnos de verdad, en la mañanita del martes 5 de marzo de 2013, ya no hacía falta decirnos nada. Tunturuntun, coge tú por tu lado que yo cogeré por el mío. Defiéndete tú y déjame a mí, que yo me defiendo como pueda. Nadie quiere a nadie, se acabó el querer.

Sólo por eso ya no estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber, puesto que ni lo entiendo ni tampoco tengo ánimos con que realizarlo. Sólo por eso he sido capaz de impedir a tiempo mi regreso a La Habana, más allá de nostalgias y de la perdedera de tiempo atroz que significa insistir en un exilio que no existe.

Fui el último en salir y, para colmo, hasta se me olvidó la onerosa oportunidad de apagar El Morro. Porque lo cierto es que, de La Habana, lo que se dice La Habana como concepto más que ciudad, todos los habaneros en cuerpo y alma ya se habían largado cuando Orlando Luis Pardo Lazo se largó: mitad por inercia y mitad por idiotez.  

Allí no me quedaba nadie. Ni nada. Ni un objeto arqueológico de valor de abuso para mostrarle a los cubanólogos del exterior: algo así como “miren, miren, en La Habana también se editan libritos” o “miren, miren, soy un cubano perfectamente bien articulado, un tipo atípico de vocales y consonantes tomar”.

Los años finales de la Revolución constituyeron un genocidio cultural. Y fíjense que no digo dictadura ni tiranía ni totalitarismo ni satrapía ni la cabeza de un guajiro. Revolución, ¿y qué? ¡Revolución y bien! Revolución, divino tesoro, no te vayas para que no tengas nunca a dónde volver. Ningún pueblo merece perder su libertad dos veces.

Desde los años iniciales, la Revolución Cubana fue ante todo una hecatombe migratoria, una hégira sin Profetapóstol cuya Meca milagrosa está en un mall de Miami, el holocastro de los consumidores cobardes en pleno happy-hour de un Titanic en trance de Mar Caribe. Archipiélago Cubag.

Ustedes nos abandonaron primero. Entonces, nosotros los abandonamos a ellos. La Habana como trampolín transgeneracional, como tablita traumatizada de salvación. Tin Mariel de dos pingüé: cucarachas con máscara, títere son. Fueron, fuimos. Nos fuimos, nos fueron.

Esa es la génesis y la gnoseología del Hombre Nuevo. Ernesto Ché Guevara se quedó cortico, comparado con lo que los cubanos nos hicimos a los cubanos. Insolidaridad insular, insulsa al punto de lo insultante. Tanto lío con la libertad ni la libertad. Tanto lío con la democracia y, total, ¿para qué? Maldito sea tu nombre, democracia.

En los años cero, mi urbe natal se me hizo de pronto un escenario de escarnio. Una ubre reseca, sin nata, estéril incluso de esterilidad. Un manicomio para fantasmas. Con todos los recuerdos fermentándose adentro, como un cáncer cómplice de lesa castricidad.

La Habana como podridero, cubanos que me escuchan, como moridero. En cualquier caso, un páramo impotable, imposible de recuperar para las futuras generaciones de nadies. No me jodan: qué Habana de qué Habana de qué.

Un infierno doméstico, irreconocible en su mismidad. La tristeza terminal de no ser más que unos okupas cualquiera: cadáveres inciviles, claustrofóbicos de remate, resabiando entre las ruinas y las resurrecciones de nuestra ciudad capital, decapitada. Disimulando indecentemente la depresión y la neurosis, causadas por culpa de nuestra carencia crónica de capital, de capitalismo.

No fue fácil. Fuimos felices allí, con una felicidad en fuga hacia todas partes. Ser 0% cubanos, ceros humanos. No pudimos ser diferentes, no nos dejaron. La vida que perdimos en La Habana, igual la hubiéramos perdido en cualquier otra parte.

Tengo algo que confesarles sobre la última de mis Habanas: todo es mentira, todo es mediocre, todo es miedo, todo es maldad.

Y también tengo algo que implorarles en nombre del habanero anónimo, anatemizado por la prensa y la academia euronorteamericana, tal como la izquierda internacional nos ha estigmatizado a todos los desaparecidos cubanos, de una punta a otra de la utopía tupida planetaria:

―No vuelvan a La Habana.

Nunca, nadie.

Ni jugando. Ni para coger impulso. Ni carajo.

La Habana de verdad no se merecería ese vil velorio vernáculo. Ni siquiera de parte de nosotros, sus pródigos bastardos. Y nojotro ―como diríamos si estuviéramos allá, en casa―, los huérfanos de verdad de La Habana, lo menos que nos merecemos después de tanta pérdida y tanta impiedad, es enterrarnos de por vida en un exilio deshabitado.

Deshabanizado.

―No volvamos a La Habana.

Déjenla que se hunda sola: octosílabos del horror. No la humillemos con nuestras huellas sobre sus huellas, como en un bendito bolero de la barbarie.

Tantas veces me resistí a despedirme de La Habana en La Habana que, a la hora de despedirnos de verdad, en la mañanita del martes 5 de marzo de 2013, aún no nos habíamos dicho nada.

FELLOW FAITHFUL TRAVELERS


Travelers to Utopia:
The Cuban Revolution as a literary genre


Dear colleagues (or should I say, dear comrades), I have some good news to share from the beginning: “despite dramatically hard times, quality of life in Cuba continues to improve.”

What´s more, “in the United States, for the majority of the population quality of life declines.” So, “now, more than ever, we should be interested in why the Cuban Revolution prioritizes as it does, and how its priorities are put into practice” (6).

The speaker is the author of To Change the World, the chronicle of the years in Cuba of American academic and activist Margaret Randall, published much later, in 2009 [1]. In her Prologue, Randall, who once gave up her American citizenship only to request it back two decades afterwards (because “at any rate, it was a terrible mistake” [2]), recollects how Cuba became her life project, when “Fidel Castro came to New York in the summer of 1960,” and she literally “sang as I cooked,” “carefully, lovingly,” a “platter of Spanish paella” for the revolutionary leader (1).

Unfortunately for the young Randall, her first political paella never reached the Maximum Leader of the newborn Cuban Revolution, and she confesses that “my body still remembers its disappointment as I headed back downtown with the platter untouched, its metallic covering soiled and torn, its content beginning to sour” (2).

Certainly, a good ending scene, perhaps for an American romantic novel about nostalgia for the slave South: a kind of Come with the Revolution. Although this early anecdote was to be only the first chapter of quite a new literary genre in the case of Cuba post-January 1st 1959: the travel of the convinced or the converse or both, from decadent Western democracies to the ultimate Utopia on Earth.

Technically, Utopia on the Island, as originally conceived by Thomas More [3], whose island, much in the same fashion, “was no island at first, but a part of the continent,” until it was conquered, and then immediately cut off by decree from the mainland, by digging a “fifteen miles long” “channel” (not 90 miles, at that time it sufficed with 15), in order to bring “the rude and uncivilised inhabitants” of the Island “into such a good government, and to that measure of politeness, that they now far excel all the rest of mankind”. And, yes, although the “neighbours” abroad “at first laughed at the folly of the undertaking”, “no sooner” they “saw it brought to perfection than they were struck with admiration and terror” (62, 63).

A genre, if a genre, determined by its indetermination in the crossfire of theory and tyranny, passion and pamphlet, rhetoric and recruitment, idyll and ideology. Most of the time with no little touch of biblical inspiration and belligerent instinct.

Margaret Randall´s narrative about infatuation and frustration with Fidel―an intellectual trend later reminiscent from the fashion phenomenon discussed by Susan Sontag in Fascinating Fascism [4]―can be read now as the founding metaphor for the avalanche of travelers to a little big Island called Cuba, qué linda es Cuba: the home of the Brave New Man―according to Ernesto Ché Guevara´s 1965 emblematic essay, later known as Socialism and Man in Cuba [5]―and the land of the First Free Territory in the Americas―as the official propaganda established.

A Revolution often self-referred as dictatorship of the proletariat in the Cold War context, and, more recently, as single-party democracy, which, despite that “billions have been spent trying to destroy it,” according to Margaret Randall, “yet it remains, if not as we once knew it, still independent and vibrant” (2).

In one of his four conferences included in the 1993 book The Conscience of Worms and the Cowardice of Lions [6], the political scientist Irving Louis Horowitz considers that the Cuban Revolution elicited in American intellectuality an “initial phase”, “from 1959 to 1962”, “characterized by euphoria, a fatuous set of assumptions that Cuba would be the long-lost opportunity for socialism to show its invincible superiority to capitalism” (17).

In a “second phase, from 1963 to 1968”, for Horowitz “it became apparent that, for American intellectuals, every ailment Castro inflicted on his people was to be view through United States intransigence”, so that “chastising the United States” was “carried to a high art” with “the themes of ´historic guilt´ and the attendant policy recommendations based on reparations and self-destruction” (18, 19).

And, finally, “the third phase in the parade of academic support for Castro and his regime was characterized more by a wave of pseudo-toughness than criticism,” where the very existence of the Revolution was reason enough to praise, with “near-religious fervor,” Cuba´s resistance not only as social experiment, but also as “an act of moral purification and rectitude” (20).

In this respect, Horowitz´s conclusion is that “it never seems to dawn on these intellectuals and journalists that, were they not residing in free countries”, “their dialogues with dictators” “never would have commenced or would have ended tragically in their imprisonment, exile, or worse” (23). For him, “a totalitarian ideology driven by myopia can endure long after all evidence is collected and evaluated” (30), given the tendency of intellectuals to “get drunk on their own rhetoric and make ludicrous remarks” (21), plus “the sin of pride,” “the hubris of self-righteousness,” and that “instinct for self-delusion, or perhaps simple reputational preservation” (31) of their “eternal search for paradise” (32).

“Political pilgrims,” described those travelers to Utopia the sociologist Paul Hollander, [7] who considered that to study their testimonies “tended to reveal more about their observers than about the countries observed” (vii).

For this author, “a significant portion of Western intellectuals, and especially the more famous and influential among them, displayed at one time or another, signs of political estrangement from their society, in combination with hopeful, affirming attitudes toward certain putatively or genuinely revolutionary societies:” they constitute “an important and vocal minority which, in large measure, set the tones of the times and shaped the established forms of social criticism” (ix), with “a puzzling juxtaposition of insight and blindness, sensitivity and indifference” (3) through “metaphors of romantic lover and religious pilgrim,” “propelled by faith and hope” on their “visits to the holy places,” from “Lenin´s or Mao´s tomb” to “the walls of the Kremlin,” and, in the case of our hemisphere, from “the setting of a sugar-cane harvest in Cuba” or “a model prison” and “a new factory” to “a folk dance festival” or “a school for reformed prostitutes” (38).

According to Hollander, “the Cuban Revolution was ´a fresh new cause´ which appeared quite different from the state socialist bureaucracies of Eastern Europe and the Soviet Union” (225). On the Island, “there seemed to be a greater continuity with the heroic revolutionary days symbolized by the presence of Castro” (230), reason enough for the “suspension of critical sentiment” as well as for the “uncritical endorsement” of a social system sold as an angelic alternative to corrupt capitalism (232).

Beyond common complicity with the caudillo, other travelers may have written in good faith, because, for Hollander, on the Island it was “perceived a radiant sense of community which characterized the relationship of leaders and the led, as well as that of ordinary citizens with one another”, so that the Revolution “in the early 60s was the counterpoint to alienation, social isolation, depersonalization, and other ills of mass society” (244).

There was also “the belief that the Cuban regime was congenial to intellectuals”, and, as such, the young revolutionary leaders were in practice taken for “fellow intellectuals” (262) who, consequently, were to give “ample official recognition” to “the position of intellectuals in Cuban society” (263), so that “at last the painful dichotomy between thought and action was dissolved” (264). Fidel Castro thus became an interlocutor totem for intellectuals worldwide. To criticize his Revolution could mean stigmatization as reactionary in the cultural field. To comply with it, particularly with him, could open sooner than later the doors of the Nobel Prize.

More than dissolved, this dichotomy of thought versus action was being solved, thanks to the materialist miracle of love. In fact, the American writer and critic Waldo Frank wrote in his book Cuba: Prophetic Island [8] from 1961, that the only “positive good” that can transcend hate and “overcome evil” (159) was no other than love, since “love has been the strength of Castro and his company” (160). In a way, Frank was anticipating the sentence of Ernesto Ché Guevara in his already mentioned 1965 essay: “at the risk of seeming ridiculous, let me say that the true revolutionary is guided by great feelings of love.”

But Waldo Frank goes further in his Cuban prophecies and he dares to make a number of suggestions to the Cuban authorities, about how not to lose such a treasure in the daily contingencies of the “war against Cuba” declared, doubtless, by the U.S. Department of State.

Among other recommendations, many of which would sound parodical today, Frank mentions that “Castro should be humble enough to plan elections for the future when the state of self-defensive war is lifted.” There is also his request that “Cuba should subvene a dissenting press” to “advertise its sense of the difference between sedition (the enemy it must put down) and dissenting discourse (which might aid it in self-knowledge)” (160). And even the proposal that Castro´s government should publish a “prospective Bill of Rights making clear Cuba´s intention to guarantee, as soon as feasible, minority opinion, a free press and free elections” (161).

Waldo Frank was not being parodical at all―maybe a little pathetical, granted―and much less behaving like a provocative Trojan horse from abroad. He was friendly lecturing the Revolution that the real “Cuba´s adversary is the Communists´ and businessmen´s shallow sense of man,” and that, consequently, “Cuba´s ally is the religious tradition of the American people―even if they sin against Cuba” (161).

In any case, in his Prelude, Frank defines that “Cuba as a nation was being born:” that is, “what was happening in Cuba since the July 26 Movement of 1953 was not rebirth, not political and economic revolution, but birth” (13). And then he compares Fidel Castro speaking in the Assembly General of the United Nations with George Washington during “the freezing and starving at Valley Forge” in one side, and in the other with Simón Bolívar “flinging his armies across the ice peaks of the Andes” (14). A family portrait of Castro with a bucolic beard that, “he must know, harks back to the romantic early nineteenth century of Spain”, since it is a beard that “would not fit the pin-striped American businessman, or the equally compulsive Communist engineer of revolution, or the expert technician who is so sure of a new world built exclusively by science.” In fact, in his Revolution Gospel “the beard reveals in Castro and in his movement something of the epoch of romantic revolutions: a utopian spirit, but with painstaking, precise methods, that the utopians never dreamed of” (15).

So precise methods, if I may add here, that even today Cubans endure a Constitution designed to limit citizen´s rights, instead of limiting government´s rule. So painstaking a methodology that Cuba is still in 2018 a socialist country where even socialist and socialist-like political organizations are out of law, like the rest of the political spectrum of the Cuban people, both on the Island and in Exile.

A few months before Waldo Frank´s book, the American sociologist Charles Wright Mills had published Listen, Yankee [9], a book that he declares “reflects the moods as well as the contents of discussion and interviews with rebel soldiers and intellectuals, officials, journalists and professors in Cuba during August, 1960” (7).

Again, most sectors of the population except the victims of the ongoing violent social process. For this author, like for many foreigners, the real battle taking place was not the civil conflict who was destroying the Cuban social tissue, but the international struggle against imperialism and neocolonialism, where America was to blame first and to the very end: from the U.S. embargo who in principle pushed Castro into the influence of the Soviet Union, to the sonic attacks recently carried out in Havana against U.S. diplomats (which some international press has painted as mass hysteria―quoting experts―while others somehow justify the aggression because the diplomats were involved in spying).

Wright Mills, acknowledging that he writes to explain “the Cuban revolutionary, as clearly and as emphatically as I can”, not aspiring to “The Whole Truth About Cuba, nor ´an objective appraisal of the Cuban revolution´” (8), he concludes that Cubans´ “reasons are not only theirs: they are the reasons of all the hungry world” (9). And he claims that his mission as foreign correspondent is much needed, given that the Cuban people, “due what they rightly consider sad experiences, have come to feel that North American journalists will not recognize, or will distort, the truth, even when they see it before them” (10), thus perhaps repositioning the Cuban Revolution in the fake news debate nowadays.

In his book Listen, Yankee, Wright Mills in each chapter uses a narrator in first person, both singular and plural. This is a writing conceived to be understood by Yankees, by means of impersonating―more than translating―the Cuban “I” and “We”. The author recreates what decades later the Venezuelan writer Carlos Rangel [10] would describe as “Latin-America society´s psychological need to compensate” for “the traumatic experience” of the past (64). That is, “the ambition that secretly or openly thrives in the heart of every Latin American: to find revenge for the multiple, tangible humiliations his people have met with, individually or collectively, from the Yankees, and for the great, all-embracing humiliation inherent in comparing North American success with Latin-American failure” (54, 55).

Some of the lines of Listen, Yankee are premonitory to the point of parody, a similar effect to the Prophetic Island of Waldo Frank:

“We Cubans know that you believe we are all led by a bunch of Communists, that the Russians are soon going to set up a rocket base, or something like that, here in Cuba, aimed at you; that we have killed thousands of people―out of hand―and are still doing it; that we have no democracy or freedom; and that we have no respect for private property” (13).

“But the fact is, there are only a few counterrevolutionaries in Cuba, and they certainly are impotent to gather any elements around them,” since “one basis for the counterrevolution today” is not the previous “corrupt government” but the “capitalist world of rackets” (59) that by then was being massively nationalized. Besides, “anticommunism, as we´ve said, is the theme song of counterrevolutionaries,” willing to “spread confusion and worry in Cuba” (61), where, by the way, “it doesn´t mean anything to be anticlerical. Their children are neither Catholic nor anti-Catholic. It just doesn´t matter to them. It´s irrelevant. They are for Cuba, and so they are for the revolution. They did not come to that by becoming radical, much less anti-Catholic. They just grew up in that state of revolutionary grace”.

And, last but not least, since “that´s something Yankees are making up,” “as far as our religion is concerned, we Cubans know it´s of no importance in the counterrevolution” (62, 63). In fact, “we Cuban revolutionary don´t worry much about counterrevolution inside Cuba”. For, “as we see it: the only possibly effective counterrevolutionary force is the United States of America. We´re not afraid of this, we´re not afraid of anything, but we do know that we have to prepare well to meet it. When we shout ´My country or my death!´ we mean just that―and we are shouting it to your Yankee government and corporations because that´s the real counterrevolutionary force against us” (64).

Listen, Yankee, one the first pamphlets to inaugurate this sort of Revolution for dummies series―saturated with Twitter-like sentences like “the Revolution in Cuba is a moment of political truth” (115), just when the Cuban political class and public sphere were being dismantled―could be now interpreted as an intellectual gesture that proves the opposite of its intention to inaugurate a new independence for Cuba. The book of Wright Milles does interfere with a pervasive type of intervention: by Americanizing or at least re-Americanizing each single variable of the Cuban equation.

The rational of blame-it-on-America-first, also made American intellectuals part of the sequestering of Cuban People´s sovereignty by the Cuban State, which in turn had to defend it for the ages―paternalistically, despotically―in the face of the United States. The Cuban Revolution was no longer a historic accident but a legitimate counterpart in a David-versus-Goliath narrative exploited to its last consequences. There was to be Cuban Revolution as long as its deadliest enemy existed: the U.S. Department of State, which, curiously enough, the 1957-1959 U.S. ambassador in Cuba Earl T. Smith, in his book The Fourth Floor [11], hadn´t done much to prevent the communist takeover in Cuba, because once Fulgencio Batista´s dictatorship relied on criminal violence to stay in power, the military takeover vanished and was sanctified by the populist aura of a Revolution.

No wonder that Wright Smith, to prove that “our Fidel Castro´s no Communist, and never has been,” quotes that “even the Deputy Director of your Central Intelligence Agency―General C. P. Cabell―knows that; he said it on 5 November 1959 to your Senate Internal Security Subcommittee. He said that the Communists in Cuba don´t consider Fidel a Communist ´or even a pro-Communist´. And that they ´were unable to gain public recognition of commitments from him during the course of the revolution´” (103, 104).

As Listen, Yankee approaches its end―just like this preliminary notes―Wright Mills becomes more and more emphatic: “Hands off Cuba! That, in three words, is what we want above all else from you. Is that too much to ask?” “What you must do, we think, is to act politically inside your own country to insure that your Government will not use violence, directly or indirectly, in any form, against the Cuban Revolution.” “So: get your Government to leave us alone” (163).

And alone indeed, decade after decade, Cubans were left under the impunity so intrinsically characteristic of every Utopia on Earth. As time went by, the testimonies of intellectuals repressed on the Island, recorded for a documentary film produced by exiled Cubans, couldn´t have chosen a better title: Nobody Listened.

The consequence of an attractive narrative, based on the exceptionality of the Cuban Revolution as an alternative to the American way of life, not only made even more invisible those sectors already made invisible, but it also repudiated the prestige of their political pain. As it seemed impossible to detect a single Cuban desaparecido―victims were more like aparecidos, apparitions―the Cuban dictatorship was itself the one that disappeared in turn, under the conspicuous costumes of the Revolution.

From a political paella in Manhattan to the shooting squads´ paredón as State policy applauded by mobs in Havana, there is certainly a long way, but the shortcuts are also worth of being subject to scrutiny. Even after the collapse of international Communism in 1989; even after the policy of the Naïve Neighbor of Barack Obama´s presidency, when the rhetoric of Yankee, Go Home for a second sounded in the Revolution Square like Yankee, Come Home―meaning, Yankee Cash, Home; it is important to problematize and challenge these cycles of reverse annexationism, with its rational that the United States have to change its Cuba policy in Washington D.C., in order for Cuba´s policy not to change on the Island.   

Nearly six decades later, in his homonymous volume Listen, Yankee! [12]―now adding a triumphant exclamation mark to the title―American activist and author Tom Hayden hurried to celebrate the end of Wright Mill´s thesis that Hayden summarizes like this: “the US leaders´ historic failure to listen to the voices of the original Cuban revolutionaries was at the heart of a tragic misunderstanding.” For Haydn, after the reestablishment of diplomatic relationships between the United States and Cuba in December 2014, “it may be that Barack Obama is the first Yankee president to listen” (xxiii).

Yet, after the almost simultaneous election of President Donald Trump in November 2016 and the hopefully unrelated death of Fidel Castro―which Trump announced in his Twitter account with another exclamation mark―the case of over two dozens of U.S. citizens irreversibly hurt by the sonic attacks in Havana, is a sad-but-true signal that, in the criminal choreography of good David against bad Goliath, Cuba, according to their own conveniences for the survival of the system, can tackle the capacity of Yankees not only to listen, but to hear as such.




[1] Randall, Margaret. To Change the World. My Years in Cuba. New Brunswick, New Jersey, London: Rutgers University Press, 2009.
[2] Quinn, Sally. Margaret Randall in Exile, Trapped by Her Ideology. In: The Washington Post. 23 March 1977. https://www.washingtonpost.com/archive/lifestyle/1977/03/23/margaret-randall-in-exile-trapped-by-her-ideology/cda8df5c-107e-4b1a-9f5f-20b2209aa7b0/
[3] More, Thomas. Utopia. Planet PDF. http://history-world.org/Utopia_T.pdf
[4] Sontag, Susan. Fascinating Fascism. In: Under the Sign of Saturn. Nueva York: Vintage Books, 1981. 73-105.
[5] Guevara, Ernesto. El socialismo y el hombre en Cuba. En: Revista Marcha. Montevideo, Uruguay. 12 Marzo 1965.
[6] Horowitz, Irving Louis. The Conscience of Worms and the Cowardice of Lions. New Brunswick, London: Transaction Publishers, 1993.
[7] Hollander, Paul. Political Pilgrims. Travels of Western Intellectuals to the Soviet Union, China, and Cuba, 1928-1978. New York, Oxford: Oxford University Press, 1981.
[8] Frank, Waldo. Cuba: Prophetic Island. New York: Marzani and Munzell, 1961.
[9] Right Mills, C. Listen, Yankee. The Revolution in Cuba. New York, Toronto, London: 1960.
[10] Rangel, Carlos. The Latin Americans. Their Love-Hate Relationship with the United States. New Brunswick, London: Transaction Publishers, 1987.
[11] Smith, Earl E. T. El cuatro piso. (Traducción de Eduardo Escalona.) Miami: La Moderna Poesía, 1983. https://www.scribd.com/document/354559973/El-Cuarto-Piso-Earl-E-T-Smith
[12] Hayden, Tom. Listen, Yankee! Why Cuba Matters. New York: Seven Stories Press, 2015.

viernes, 3 de mayo de 2019

María Martílla


REPRODUCIDO DEL FACEBOOK DEL GENIAL CUBANO EXILIADO CARLOS FERRERA:
 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=2683394791733503&id=100001890263911

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SOBRE LA PATERNIDAD DE MARTÍ, Y LAS CARTAS DE QUESADA Y MARÍA MANTILLA

Por Carlos Ferrera

He visto que hay cierta confusión sobre las cartas que se enviaron María Mantilla y Gonzalo de Quesada Jr. entre sí, sobre la paternidad de Martí. Como soy un poco bipolar y no me gusta dejar dudas colgando, procedo a aclarar este asunto, sobre todo para mis amigos Camilo Hernández y Maykel Gonzalez Vivero.

Debo recordar primero que María Mantilla le habló por primera vez de esto a su hijo César Romero, en una extensa carta de nueve páginas el 9 de febrero de 1935, en la que le revelaba que ella era la hija del Apóstol, y en consecuencia, que César era su nieto: 

“Yo quiero que sepas, querido, que él era mi padre, y yo quiero que tú te sientas orgullo de eso. Algún día, hablaremos mucho sobre esto, pero claro, esto es solamente para tu conocimiento, y no para publicidad. Esto es mi secreto, y Papá lo sabe. Bueno, creo que esto es bastante sobre la historia de la familia.”

(Aquí está el original en inglés de esa carta en PDF http://www.latinamericanstudies.org/marti/maria-mantilla-1935.pdf)

Pero aunque María estaba luchando legalmente por ser reconocida como hija de Pepe, tenia TERROR de hacer pública esa paternidad antes de iniciar el proceso judicial, y evitaba exponerse públicamente. No le beneficiaba nada darle publicidad al asunto, porque eso habría supuesto exponer también al escarnio la moralidad de su supuesto padre biológico, y poner a la opinión pública en su contra. Podía interferir en el proceso legal y en la decisión de los tribunales, por entonces muy influenciables en todo lo que tuviera que ver con la ética del Apóstol.

Pero eso  sucedió, finalmente, cuando Gonzalo de Quesada Jr publicó la verdad en un UN ARTÍCULO, PERO NO LAS CARTAS. 

En el siglo XIX, en los Estados Unidos, corroborar un parentesco de sangre pasaba por un largo proceso notarial donde se exigían "pruebas testificales de personas", testimonios de testigos VIVOS de esa paternidad, que pudieran compulsarla. 

Gonzalo de Quesada, el amigo y albacea de Pepe, lo era; Martí se lo dijo desde que Carmen Miyares quedó embarazada. Pero Quesada había muerto, quien lo sabía era su hijo, pero no era un “testigo presencial” del hecho. Así que María se dio a la tarea de buscar a otras personas aún vivas en Brooklyn que pudieran apoyar su petición, en el barrio donde su "padre oficial" Manuel Mantilla, tenía la casa de huéspedes donde vivió Martí con toda la familia, y tuvo relaciones sexuales con la mujer de su amigo. 

Cuando se corrió el rumor, llegó incluso a los compañeros del Partido Revolucionario Cubano en el exilio, otros patriotas que conocían la historia. Por eso María (y después sus hijos) les escribieron a los que quedaban vivos para que brindaran sus testimonios ante un notario.

Solo hay TRES CARTAS entre María y Quesada Jr.;

En la primera, María Mantilla le asegura a Quesada el parentesco, a pesar de que César, su hijo, se lo había confesado antes a Virgilio Ferrer Gutiérrez, director del periódico “Noticias”, dedicado expresamente a divulgar la vida de los próceres cubanos. César además lo reveló después en público en el Jack Paar Show de La Habana. 

María le envía esta carta a Quesada, NO PARA DEMOSTRAR SU CONDICIÓN DE HIJA –eso fue solo una consecuencia–, sino PARA REFUTAR LAS DECLARACIONES DE UN FALSO HIJO DE MARTÍ llamado Alfredo Vicente Martí, que andaba por ahí proclamándose retoño de Pepe.
  
María pide expresamente a Quesada que “dé todos los pasos necesarios para rectificar esta falsa declaración del doctor Alfredo Vicente”. Es cierto que agrega, “quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en el corazón con tanto orgullo y satisfacción”, pero este “deseo” lo expresa como un “arranque”, sin haber tenido la asesoría de su abogado, y siempre pensando en que Quesada hablará por él mismo, y no como su portavoz.

Quesada le contesta que él puede publicar la verdad en un artículo en las revistas Bohemia o Carteles, pero que necesita su autorización expresa FIRMADA. La carta de María tiene fecha 12 de febrero de 1959, y la respuesta de Quesada, 4 días más tarde, el 16 del mismo mes. Y aquí es donde nace la confusión.

En ese ínterin, María ya ha sido asesorada legalmente, y le responde a Quesada QUE NO PUBLIQUE LAS CARTAS, pero sí UN ARTÍCULO QUE CUENTE LA VERDAD, FIRMADO POR ÉL, del que incluso le sugiere el título:

“Realizo (debe ser un error de María al traducir en español “me doy cuenta”) la gravedad de este asunto, y quiero evitar toda publicidad innecesaria e incriminante, y por este motivo he pensado mejor NO PUBLICAR ESAS CARTAS A USTED. Son propiedad suya y sé que usted no hará uso de ellas sin conocimiento mío. En cuanto al artículo que usted sugiere, tiene mi autorización con solo dos condiciones. Primero que el título sea «Yo soy la hija de José Martí» y luego que usted me permita la cortesía de enviarme una copia de dicho artículo antes de publicarlo. Mucho agradeceré esta atención”.

Así que NO ES CIERTO QUE LAS CARTAS FUERAN PUBLICADAS, lo que Quesada publicó fue un artículo con su firma, María NO SE EXPUSO EN NINGÚN MOMENTO, pero por el tono del artículo, de su contenido se desprende que había sido ella la fuente de Quesada, algo que María no quería que ocurriera, y eso generó alguna aspereza entre ambos a partir de entonces.

Las cartas NO SE PUBLICARON HASTA 1990 en el libro de Nydia Sarabia “La patriota del silencio: Carmen Miyares”, de la Editorial de Ciencias Sociales en La Habana, y después en una segunda edición del libro editada por Quebecor World Bogotá S. A., en Colombia en el año 2001.

Recordemos que el letrado norteamericano de Carmen Miyares, Horatio Rubens quiso evitar a toda costa en su día que el New York Herald mencionara la foto de María que se encontró en el cadáver de Martí. También está aquella “advertencia” que le hizo Carmen Miyares a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, cuando éste entregó a la imprenta los manuscritos martianos para su edición: «Ponga mucho cuidado con lo que se publica; ya usted sabe lo que quiero decir».

Se dice siempre de modo benévolo y paternalista que Martí "viaja" de Nueva York a Venezuela, en enero de 1881, solo dos días después del bautizo de María Mantilla y allá escribe"Ismaelillo" para su hijo. En realidad Martí HUÍA DE BROOKLYN, atormentado por la culpa, y el libro es un compromiso con su hijo legítimo de que "no sería destronado". A su amigo Fermín Valdés Domínguez le confesó sobre la Miyares; 

«¡Y cuánto hay que querer a la que dada la situación en que yo me encuentro hace el sacrificio de sufrir con valor los juicios de la sociedad que no sabe apreciar las grandezas, y está dispuesta a descuartizar —con la lanceta de la crítica y de la murmuración— los corazones y las almas más puras y buenas!»

A la muerte de Manuel Mantilla, Martí se convierte  en el hombre de esa casa, y eso destapa la olla de los truenos en todo el mundo del exilio cubano en New York y el rumor trasciende a las fronteras de los Estados Unidos. 

En 1887, Carmen Miyares recibe una carta de su prima Victoria Smith, desde Caracas, que la ataca con dureza (casi la llama puta) porque ya ha llegado a Venezuela la noticia de sus relaciones «inmorales» con Martí. Carmen le enseñó la carta a Pepe, y Martí, ni corto ni perezoso le responde él mismo a la prima de su amante, en una carta que está incluida en el Tomo I de su epistolario:

«En el mundo, Victoria, hay muchos dolores que merecen respeto, y grandezas calladas, dignas de admiración. Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso, que no hubiera dado ella por su parte naturalmente…».

En el futuro, María Mantilla tendría que andar con pie de plomo con este tema, porque José Francisco, el DELEZNABLE Ismaelillo se convirtió en su enemigo. Había tenido que dividir con María las cosas materiales que dejó Martí, puesto que las literarias quedaron en poder se su albacea, para que fueran patrimonio de La Patria, otro detalle del testamento que no le gustó nada al hijo "pródigo".

En la carta de Martí del 1ro abril de 1895 a Quesada, considerada su testamento literario, Martí  decidió partir su herencia económica en dos: una mitad para su hijo José Francisco y la otra para María y su hermana Carmita Mantilla

En otra carta, Carmen Zayas-Bazán, indignada le comenta a Gonzalo que su hijo «acaba de saber por usted mismo a quien no autoricé para tanto, que casi se le ha desheredado en la última voluntad de su padre […] Pepe es el único hijo José Martí, y por lo tanto heredero de cuanto le pertenecía […] oponiéndome a esa última disposición de mi esposo, tenía que levantar un velo, que oculta inmensos dolores y daña un nombre que debe conservarse intacto […] Pepe no podía consentir en partir su patrimonio con los que habían robado la felicidad de su hogar…»

Cuando cayó en combate, el Apóstol llevaba en un bolsillo una foto de María, pero no de Pepito. Y cargaba consigo, además, la única carta hoy conocida (por cierto, mutilada) de Carmen Miyares para él, que decía: 

«Cuénteme todo, usted sabe que de mí no puede esperar ninguna indiscreción […]. No tema escribir a esta casa, pues mis cartas nadie las ve, ni se fija nadie en las cartas que trae el cartero, los huéspedes duermen mucho, sobre todo el que podría hacer algún perjuicio». Y, al recordar que su hijo mayor, Manolito Mantilla, acompañaba al Martí en su periplo por Santo Domingo, le añade: «Espero que Manuelito le ha de servir, y lo ha de acompañar; trate de tenerlo siempre a su lado pues así siento cómo algo de mi cuerpo está junto al de usted»

Esta carta, aun después de muerto Martí, hizo que Carmen Zayas-Bazán se subiera por las paredes, y alimentó en su nefasto hijo un deseo permanente de venganza contra María, que finalmente concretó en un objetivo: desprestigiar su imagen para evitar que lograra convertirse en hija legal de su padre.

Queda pues,  más que claro que el Apóstol fue sin duda alguna el padre de María Mantilla.

Dejo aquí el texto de las tres cartas que intercambiaron María Mantilla y Quesada Jr. 

PRIMERA CARTA DE MARÍA A QUESADA

“Los Ángeles, Febrero 12-1959
Sr. Gonzalo de Quesada
Habana-Cuba.
Querido Gonzalo:

Usted pensará que por qué le escribo hoy esta carta, a lo cual le diré lo siguiente. Ayer he recibido el número de Patria de enero, y puede usted suponer mi asombro al leer la declaración del doctor Alfredo Vicente Martí —que presume llamarse «nieto» de José Martí. ¿Quién es este señor? que ha dejado pasar tantos años sin darse a conocer. Yo, con toda la autorización que poseo le aseguro que nada de esto puede ser verdad.

Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí, y mis cuatro hijos, María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí. Desde el año 1880, año en que yo nací, Martí vivió en mi casa, rodeándome de infinito amor y protección espiritual, con una devoción entrañable, hasta el día en el año 1895 que salió para Santo Domingo para juntarse con Máximo Gómez, y luego el famoso desembarque en Cuba. Usted me preguntará ¿por qué este relato mío? Porque tengo [que] defender el nombre de mi padre, ante los cubanos que veneran la memoria y el nombre de José Martí. Yo sé, Gonzalo, que usted conociendo tan bien la historia de la vida de Martí, dará todos los pasos necesarios para rectificar estar falsa declaración del doctor Alfredo Vicente (¿Martí?), y también quiero dar a conocer los nombres de los cuatro biznietos de Martí: Robert y Holly Hope —hijos de Graciela— y Victoria María y Martí —las hijas de Eduardo.

Le aseguro que este asunto me ha causado mucho pesar, y realizando que no me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en el corazón con tanto orgullo y satisfacción. Espero me perdone este desahogo del alma, que siento tan necesario en este momento.
Mis recuerdos a Elvira y para usted el afecto sincero de su amiga

María Mantilla de Romero

RESPUESTA DE QUESADA

“16 de febrero de 1959
Confidencial
Sra. María Mantilla de Romero.
361 No. Saltair Avenue
Los Ángeles. Cal.
E.U.A.

Mi querida María:

Acabo de recibir su carta del 12 de febrero y mucho le agradezco la gran prueba de confianza que pone usted en mí, al tratar con amplitud el asunto del supuesto nieto de Martí, Alfredo Vicente y Martí.
En cuanto a lo que usted dice que yo dé los pasos necesarios para rectificar la falsa declaración de ese señor, no acabo de entender exactamente lo que usted piense que yo pudiera hacer, ya que desde el primer momento puse en duda sus afirmaciones y sostengo que a él corresponde demostrar su parentesco con Martí que yo verdaderamente creo no existe.
Hablando con toda franqueza, y teniendo en cuenta lo delicado que resulta esta cuestión, y siempre hay que pensar que alguien pueda, quizás el propio Vicente Martí plantear la pregunta: ¿cuáles son los elementos con que cuenta la señora María Mantilla para sostener que es hija de Martí?
Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber, aunque bien es cierto que ya César lo declaró hace años en carta a Virgilio Ferrer Gutiérrez y recientemente en el Jack Paar Show en La Habana.
Yo creo, pues, de estar usted resuelta de revelar este secreto que en realidad no lo es pero que viniendo la revelación de parte suya cobra especial significación, que lo único que podría hacer en este caso es un artículo mío, preferentemente para la revista Bohemia o Carteles, y que yo lo titularía «“Soy la única hija de José Martí”, afirma María Mantilla». Podría servir de base para el artículo la reproducción de su carta o cualquier otra que usted me mandase AUTORIZÁNDOME EXPRESA Y EXCLUSIVAMENTE PARA DAR A CONOCER ESA NOTICIA. Además sería de gran efecto periodístico una foto con sus cuatro hijos y las fotos de los biznietos de Martí. ESTO ES MUY IMPORTANTE pues haría el trabajo interesante y simpático al público.
Creo que no tengo que decirle con cuánto cariño y respeto trataría yo el tema. Ahora bien, yo a nadie le he hablado sobre su carta, y le ruego pues que no vaya a tratar este asunto con otras personas y pseudomartianos.
Le repito, querida María, que estoy a su entera disposición y haré lo que usted crea conveniente. Agradeciéndole una vez más la confianza en mí, con un saludo muy afectuoso de Elvira, mis hijos, quedo siempre su viejo amigo

Gonzalo de Quesada y Miranda”

RESPUESTA DE MARÍA MANTILLA

“Los Ángeles, Marzo 1-1959

Querido Gonzalo:

¡Cuánto quisiera conversar largo con usted! Cosas difíciles de escribir y poner detalladamente en papel. He recibido ayer su carta, y bien comprendo lo que me dice del asunto Alfredo Vicente. Sé que la cuestión es delicada y que usted no puede comprometerse de ninguna manera sin prueba auténtica de esta sorprendente declaración.
Créame, Gonzalo, que mi primer impulso al escribirle fue debido al efecto tan impresionable que me hizo el artículo en Patria. Me indignó y creí mi deber dar a luz la verdad y defender el nombre de Martí.
Realizo la gravedad de este asunto y quiero evitar toda publicidad innecesaria e incriminante, y por este motivo he pensado mejor no publicar estas cartas a usted. Son propiedad suya y sé que usted no hará uso de ellas sin conocimiento mío. 
En cuanto al artículo que usted sugiere, tiene mi autorización con solo dos condiciones. Primero que el título sea «Yo soy la hija de José Martí» y luego que usted me permita la cortesía de enviarme una copia de dicho artículo antes de publicarlo. Mucho agradeceré esta atención.
Este es el único retrato con mis hijos y nietos (hijos de Graciela) y también mi buen esposo que falleció hace ya ocho años. Las dos niñas son mis nietas, las hijas de Eduardo. Yo dejo a la discreción de usted su parecer sobre el proceder en cuanto al asunto pendiente.
Con recuerdos de mis hijos para Elvira y usted, quedo afectuosamente su sincera amiga,

María M. de Romero”


NDDV EN DDC, PINOCHETEANDO BAJITO

PUEDES LEER ESTA COLUMNA DE NÉSTOR DÍAZ DE VILLEGAS EN EL PORTAL DIGITAL DIARIO DE CUBA, EN ESTE ENLACE:

OPINIÓN

Esperando a Pinochet

DDC.
La voz de la izquierda habló: "No hay que ponerse delante de las tanquetas", dijo el viejo montonero Pepe Mujica, el mismo politicastro que Pablito Milanés celebró recientemente como el "último gran revolucionario".
Recordemos que tras la muerte del preso político Orlando Zapata Tamayo, el delincuente de Inácio Lula da Silva dijo: "Tenemos que respetar la determinación de la Justicia y del Gobierno cubano de detener personas según la legislación de Cuba. Imagine si todos los bandidos que están presos en São Paulo entraran en huelga de hambre y pidieran su libertad".
Esa es la voz de la izquierda. Escuchémosla.
Ahora la voz de la izquierda dice: "Lo que sucede en Venezuela es un golpe de Estado con apoyo de Donald Trump". Lo afirma Putin y lo reafirma Bernie Sanders. ¡Vaya colusión de intereses! ¡Vaya manera de influir a dúo en el destino de una nación! Es la misma izquierda (o como se llame esa entelequia) que glorificó al golpista Hugo Chávez en Hollywood y la misma que orquestó un putschparlamentario contra el Gobierno de Donald Trump desde el día de su inauguración. Es la izquierda que llama "sarta de deplorables" a los votantes de la oposición y los acusa de racistas, tarados y misóginos. La izquierda de los actos de repudio en las universidades americanas contra los que no comulguen con Antifa.
Es la izquierda que declara a Silvio Rodríguez "embajador de la poesía y la congruencia".  Es la misma izquierda que se regaló un papa argentino que absuelve a un cura sandinista mientras en las calles de Managua corre la sangre. ¡La izquierda está en alza y hace lo que le de la gana! Eso del "retorno de la derecha" es otra fábula izquierdista.
La izquierda tiene hoy a la compañera Bachelet como Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, mientras que la izquierda caviar española y canadiense promete luchar con todos los medios legales a su disposición contra algo que Europa y Canadá concedieron hasta al más insignificante de los judíos: el derecho a la indemnización por las propiedades confiscadas.
Es la izquierda que hace negocio con juntas militares y entra en consorcio turístico y cultural con genocidas. Es la izquierda del benemérito Noam Chomsky que defendió a Pol Pot ("el terror es un precio ínfimo comparado a las bondades de los Jemeres Rojos"), y del profesor Michel Foucault que celebró la victoria de los ayatolás de Irán y marchó a favor del "nacimiento de una forma de espiritualidad musulmana".
Es la izquierda que dio el golpe de Estado de todos los golpes de Estado el primero de enero de 1959 y lo sigue dando cada fin de año. Es la izquierda del Bogotazo y el Moncada.
Contra esa izquierda no valen los argumentos civilizados, la diplomacia ni las revoluciones de terciopelo. Hay que sacarla a tiros de Palacio porque solo reconoce la fuerza de las armas. El programa castrista de dominación requiere la disolución del Parlamento, desbancar a la oposición, ya sea por la guerrilla o por las urnas. Es lo que se pretendió hacer en Chile, digan lo que digan los defensores de Salvador Allende y su "tercera vía", precursores de Hugo Chávez. La izquierda llega hoy al poder por el sufragio. Se aprovecha del agotamiento de la democracia para perpetuarse en el trono. El castrismo renunció a la guerrilla, pero no a la guerra.
La cuestión venezolana tiene tantas facetas que tomaría años explicársela al norteamericano graduado de secundaria. Sin embargo, la cuestión se reduce a un solo intríngulis: ¿cuándo se pondrá el Ejército de parte del pueblo? Pero la izquierda tiene también el derecho exclusivo a la palabra "pueblo". ¡La izquierda se arroga, sobre todo, el derecho a la palabra "democracia"! Por eso Chomsky puede enseñar y publicar en cualquier parte del mundo sin que lo saquen a patadas o lo abucheen en un acto de repudio.
Cuando el pueblo se lanza a las calles, como ha sucedido en Venezuela, los esquemas de la izquierda colapsan, sus nociones políticas entran en quiebra. El americano promedio condena cualquier intervención militar, y ahí está The New York Times para decirle que la presencia militar cubana en Venezuela es negligible. Eso se llama posverdad y fake news. Así habla la izquierda.
Hoy en Venezuela se espera a un militar que salga de las barracas y defienda la causa del pueblo. ¡Nada menos que un milagro! Ese militar no ha aparecido. Quizás la oposición venezolana esté esperando a Godot, pero me atrevería a decir que espera más bien por un Pinochet. Podremos masajear el mensaje y darle la vuelta con nombres graciosos e inofensivos, pero creo que el nombre más adecuado de lo que se espera es "Augusto Pinochet", o simplemente "Augusto": Venezuela espera por el Augusto.
Chomsky justificó a Pol Pot y Foucault a exaltó a Jomeini: el colonialismo cultural le impide al analista político latinoamericano, al intelectual indígena, hacer lo mismo con el ideario de Pinochet. ¡Ni soñar con una visita a Berkeley, a Harvard! Aun cuando el dictador chileno no pueda ser acusado de una masacre del tipo Campos de la Muerte, ni de un programa nuclear para destruir el mundo. Ni siquiera de una guerrilla, de un asalto o de cualquier tipo de injerencia en las naciones vecinas.
En diversas entrevistas, Pinochet calificó a su régimen de "democracia autoritaria". Cada cual puede pensar lo que quiera de esa afirmación. Cuando Pinochet mandó a llamar a los Chicago Boys y saneó la economía chilena y colocó a Chile a la cabeza de la región, los izquierdistas se mofaron y gritaron "¡Neoliberalismo, neoliberalismo!"
Pero es un hecho que las "democracias autoritarias" (llámelas dictaduras si lo prefiere) dan a luz economías pujantes y sociedades saludables, listas para la transición hacia el neoliberalismo y la democracia representativa, donde los montoneros, los fidelistas y los socialistas pueden postularse y gobernar a sus anchas una vez concluido el "tiempo razonable de terror" (Chomsky dixit). Las dictaduras de izquierda, en cambio, producen totalitarismo, debacle económica, miseria social y regímenes milenaristas unipersonales que pretenden perpetuarse en el poder y que requieren los servicios de un militarote providencial que salga de las barracas y restablezca el orden.