viernes, 26 de julio de 2019

CARDENAL NI ORTEGA CULTIVO

PUEDES LEER MI COLUMNA DE OPINION EN ESTE ENLACE DE DIARIO DE CUBA:
http://www.diariodecuba.com/cuba/1564157049_47084.html


OPINIÓN

Despedida sin duelo

Jaime Ortega y Alamino acompañado de Raúl Castro. (REUTERS)
No nos ayudó al pueblo cubano en nuestra larga lucha de liberación. Pospuso hasta más allá de su propia muerte la misión moral de la Iglesia Católica, que es enseñar a sus fieles cómo vivir en la verdad, al precio que sea necesario, con tal de no claudicar en nuestra dignidad humana.
En este sentido, distanció a Cuba de Dios y la acercó cómplicemente al dogma ateo de los déspotas en el poder a perpetuidad.
Su hegemonía clerical culmina casi en debacle humanitaria, legándonos una comunidad cristiana en crisis, un catolicismo tan en retirada como en estampida, un clero sin renovación entre las nuevas generaciones de creyentes, un exilio sin esperanzas de la menor concordia con quienes no se exiliaron, y una nación sumida miserablemente en la cultura del miedo, la mentira y la maldad al por mayor.
Al respecto, el cardenal Jaime Ortega y Alamino (1936-2019) estuvo o se hizo el ciego. En cualquier caso, la sorna de su sempiterna sonrisa fue un sinónimo de la crueldad, juez y parte del genocidio filantrópico de la revolución cubana. Una sonrisita de ángel, que es la más perversa, pues al menos el demonio no pretende el don de la santidad.
Respondió directamente a las órdenes del militariado corporativo que ejerce el control centralizado de los cuerpos y las conciencias en la Isla. Acató el estilo personalista y populista de imponer su voluntad a conveniencia, en lugar de regirse por los designios divinos de Dios y su dogma en la Tierra.
Fue un proselitista de las cuestiones de Estado cuando (y únicamente cuando) el Estado lo autorizó: un mediocre ministro de asuntos religiosos, una tuerca apretando la ecuación nacional para que nunca se solucione, una palanca purpurada en el grosero garrote de izquierdas que ha cauterizado a Cuba. Por lo que también fue una pieza integral del totalitarismo institucionalizado en la Isla y, como tal, contribuyó a su perpetuación a expensas de nuestra soberanía secuestrada constitucionalmente por los totalitarios.
Podrá haber ayudado a expatriarse a tres o cuatro, acaso a 30 o 400.000. Es decir, ayudó a los Castro al construir el concepto de exilio como otro mecanismo de gobernabilidad. Podrá haber sido un erudito eclesiástico y haber amado como ninguno a la cultura y la tradición nacional cubanas. Tanto conocimiento y tanta cultura y, total, ¿para qué?
Maniobró y manipuló del poder al poder y de la élite a la élite, con su fidelismo en fase Fouché, al mejor estilo de un reaccionario en traje de no radical.
Podrá haber sido un varón atormentado por sus debilidades carnales, a imagen y semejanza de las tentaciones terrenas de nuestra mente y corazón caribe. Y podrá haberse arrepentido de violar ciertos votos castos de juventud, según envejecía rodeado por varones a su vez atormentados por sus debilidades carnales, como todo cubano en una Cuba castrada donde hasta el amor es inmoral.
Pero, ante el juicio final de la Historia o del Padre, lo único que no podrá reclamar nuestro prelado en jefe es haber sembrado una sola frase de libre albedrío entre sus contemporáneos: nosotros, los sobremurientes de un futuro fósil. Los mismos que, si alguna vez nos sentimos representados por Jaime Ortega Alamino ante las sociedades abiertas de la civilización occidental, ese sueño de espiritualidad finisecular nos duró menos que un merengue en las puertas bulímicas del seminario.
Su alma podrá descansar o podrá no descansar en paz. Eso solo Dios o la ausencia de Dios lo saben. Pero, al menos sobre la Tierra, hoy no rodarán demasiadas lágrimas a nombre del segundo de los cardenales cubanos. De Arteaga a Ortega fue un gran trecho.
Ahora, por supuesto, le toca el turno a la patética parodia de un sacro entierro gubernamental, con esquelita necrológica firmada por algún laico comunista en la prensa rehén del régimen. La Habana, como Roma, tampoco paga a sus traidores, sino que los desprecia con esa indolencia tan típica de los tiranos ya sin épica.
Si alguna vez fue querido, ya nunca será extrañado por nadie. Su muerte nos doblega de tristeza, sí, porque se va sin despedirse ni disculparse. Como el comandante cadáver y como todos los carceleros y carniceros de la cubanía.
Acaso el cardenal haya pedido también ser cremado, como corresponde a los cobardes en Cristo. La soledad de Jaime Ortega y Alamino en su muerte diríase que supera la de cada uno de los Castro, juntos y por separado. Ha fallecido un síntoma pero, en parte gracias a su leporino legado, la enfermedad permanece saludablemente intacta.

jueves, 25 de julio de 2019

LA REVOLUCION CUBANA EXPLICADA A LOS TAXISTAS


Puedes ver este video también en este enlace de Hypermedia Magazine TV:
https://www.hypermediamagazine.com/video/revolucion-taxistas/

ANDRES REYNALDO EN DIARIO DE CUBA





Una cultura envenenada

Alexandria Ocasio-Cortez. (PEOPLE EN ESPAÑOL)
Alexandria Ocasio-Cortez es algo menos transitorio que una tendencia. Algo más transformador que un movimiento. Es una cultura.
Aquellos que tenemos hijos entre los 20 y los 30 años podemos dar un vivo testimonio. AOC, iniciales que han devenido en una franquicia del progresismo, es el producto de un sistema de educación abandonado a la indiferencia de los republicanos y a las manipulaciones de los demócratas. Ambos, sobre todo los demócratas de centro, han comenzado a recoger su cosecha.
Punto focal en la formación de estos jóvenes es su posición ante la autoridad. En la rebelión de AOC y otras tres bisoñas congresistas contra la estrategia centrista de la líder de la Cámara, Nancy Pelosi, las ideas son lo de menos. De hecho, un rasgo distintivo es la ausencia de un coherente código intelectual. Lo suyo no es un discurso elaborado en torno a una filosofía, como los comunistas de antaño, sino una selección de talking points ecologistas, marxistas, budistas, nazis, astrológicos, cristianos... En fin, todo lo que venga a mano para atacar a Estados Unidos en particular y a la civilización occidental en general.
Una diferencia fundamental en la formación de esta generación es su actitud ante la autoridad. Crecidos bajo un estándar social que concede al niño y al adolescente una excepcional autonomía frente a padres, maestros y autoridades, pudieron saltarse los límites impuestos por la tradición, la validación del mérito y la convivencia civil. Las consecuencias derivadas de la indisciplina, la pereza y el hedonismo encontraron justificación en las adversas circunstancias sociales, las diversidades étnicas y de género, la inestabilidad de los hogares y las susceptibilidades íntimas.
Algunos tuvieron la suerte de contar con padres capaces de crear un ambiente de inteligente guía, así como maestros dispuestos a superar la mediocridad y la tendenciosidad de los currículos y las restricciones de la corrección política. Aún así, esos jóvenes se ven compulsados a declinar costumbres, conocimientos y sentido común en aras de la aceptación social. Se reirán contigo de AOC en la cena del domingo, pero no lo harán en el comedor de su universidad.
Estos son algunos aspectos que definen a la generación AOC:
  •       El convencimiento de que Estados Unidos es una potencia imperialista que provoca guerras y pobreza con tal de saquear los recursos de otros países: el petróleo de Iraq, los plátanos en Guatemala, etc. Esto implica el desconocimiento de los norteamericanos en la lucha contra el fascismo y el comunismo, al igual que sus esfuerzos por promover la democracia en el mundo.
  •       Ignorancia acerca de los crímenes y características del comunismo.
  •       Ignorancia acerca del conflicto israelí-palestino. Predomina la visión de Israel como un poder opresor comparable en ocasiones al de los nazis.
  •       Ignorancia acerca de las amenazas contra Estados Unidos por parte de Irán, China, Rusia, el terrorismo, la inmigración indiscriminada. AOC ha pedido que sea desmantelada la Agencia de Seguridad Nacional.
  •       La noción de que las desigualdades sociales en Estados Unidos se deben principalmente al dominio económico y cultural del "hombre blanco", que oprime a las mujeres y las minorías étnicas.
  •       La noción de que el Estado debe redistribuir la riqueza a fin de lograr una sociedad igualitaria. Recordemos que el Nuevo Acuerdo Verde (New Green Deal) propuesto por los progresistas establece un salario fijo aun para las personas que no quieran trabajar.
  •       La noción de que el Estado debe regular la cultura y el entretenimiento a fin de evitar una incorrecta caracterización de las minorías, la apropiación cultural y de género, al igual que la exaltación del machismo, la xenofobia, la transfobia y otras fobias propias del "hombre blanco".
Esta es la generación que heredará la tierra. Futuros jueces que desprecian la Constitución, futuros maestros que queman las banderas, futuros soldados que detestan su patria. Una generación que carece de compromiso con el debate incluso en sus propias filas.
Maureen Dowd, una de las más prestigiosas voces liberales, escribió la semana pasada enThe New York Times:
"Los progresistas actúan como si cualquiera que se atreve a discrepar de ellos fuera malo. No equivocado, sino malo, culpable de alguna deficiencia humana, de alguna impureza que es un mal moral, lo cual justifica su veneno".
Yo, de momento, no veo el antídoto.



OPINION

A Poisoned Culture

Alexandria Ocasio-Cortez. (PEOPLE EN ESPAÑOL)
Alexandria Ocasio-Cortez is somewhat less transitory than a fad, and something more transformative than a movement. She represents a culture.
Those of us who have children between the ages of 20 and 30 can provide our personal testimony. AOC, initials that have become a progressive franchise, is the product of an education system spawned by Republican indifference and Democratic manipulation. And both, especially centrist Democrats, have begun to harvest what this has sown.
A focal point in the education of these young people is their positioning before authority. In the rebellion of Alexandria Ocasio-Córtez and three other US Congressional freshwomen against the centrist strategy of House leader Nancy Pelosi, ideas are secondary. In fact, a distinctive feature is the absence of any coherent intellectual code. Their discourse does not revolve around a philosophy, like the Communists of yesteryear, but rather a selection of talking points: environmental, Marxist, Buddhist, Nazi, astrological, Christian ... In short, everything that comes in handy to attack the United States, in particular, and Western civilization, in general.
A fundamental difference in the education of this generation is their attitude towards authority. Having grown up under social standards that grant children and adolescents exceptional autonomy vis-à-vis parents, teachers and authorities, they have been able to breach the limits imposed by tradition, the validation of merit, and civil coexistence, and the consequences of indiscipline, laziness and hedonism found justifications in adverse social circumstances, ethnic and gender diversities, household instability, and intimate susceptibilities.
Some were fortunate to have parents capable of fostering an environment of intelligent guidance, as well as teachers willing to transcend mediocrity and the bias of politically correct curricula and restrictions. Even so, these young people are led to spurn customs, knowledge and common sense for the sake of social acceptance. They will laugh at AOC with you on Sunday dinner, but they won't do it in their university cafeteria.
These are some aspects that define the AOC generation:
  • The conviction that the United States is an imperialist power that starts wars and sows poverty in order to plunder the resources of other countries: Iraq's oil, Guatemala's bananas, etc., which reveals an ignorance of the Americans' fight against Fascism and Communism, as well as their efforts to promote democracy around the world.
  • Ignorance of the crimes and characteristics of Communism.
  • Ignorance of the Israeli-Palestinian conflict. A vision of Israel as an oppressive power, sometimes comparable to that of the Nazis, prevails.
  • Ignorance about threats to the United States posed by Iran, China, Russia, terrorism, and indiscriminate immigration. AOC has called for the National Security Agency to be dismantled.
  • The notion that social inequalities in the United States are mainly due to the economic and cultural dominance of the "white man," who oppresses women and ethnic minorities.
  • The idea that the State must redistribute wealth in order to achieve an egalitarian society. Remember that the New Green Deal proposed by progressives sets a fixed salary, even for people who do not want to work.
  • The notion that the State must regulate culture and entertainment in order to prevent improper characterizations of minorities, cultural and gender appropriation, or the exaltation of sexism, xenophobia, transphobia and other phobias propagated by the "white man".
This is the generation that will inherit the Earth. Future judges who disdain the Constitution, future teachers who burn flags, future soldiers who detest their homeland. A generation that lacks a commitment to debate even within its own ranks.
Maureen Dowd, one of the country's most prestigious liberal voices, wrote last week in The New York Times:
"Progressives act as if anyone who dares to disagree with them is bad. Not wrong, but bad, guilty of some human deficiency, of some impurity that is a moral evil, which justifies their poison. "
For now, I don't see the antidote.

martes, 23 de julio de 2019

LA ACADEMIA CUBANA DESAPARECIDA


The Cuban Academic, A Desaparecido
Orlando Luis Pardo Lazo

I've seen them everywhere, from one end to the other end of the U.S., to begin with. I can count them by dozens, certainly by hundreds. They are the best essayists and writers ever in Cuban literature, a myriad of brilliant and provocative minds that earn their succulent salaries in either private or state universities. I’ve seen them, here, there, and anywhere but where they really belong in body and soul, which is in our Cuba so badly decubanized by the so-called Revolution.

I can only feel sorry about them, even though they all look like big winners. I cannot, of course, feel even a bit proud about their personal triumph against totalitarianism on the Island and abroad. And I cannot because those men and women, those professional professors of every age and ideology conceivable (not only in the U.S., by the way), are the same intellectuals that could by now be already teaching their provocative ideas and insightful innovations in a free Cuba. Without communism, without Revolution, without intolerant Left, without the caste of uncountable Castros. And, therefore, they should all be already sowing in our homeland the needed notions of the freest Cuba imaginable for the near future: a country where there should exist no tyranny any more, with all its ridiculous repression that belongs but to our nation’s primitive past, while, unfortunately, in practice our national sovereignty has being sequestered by the military regime until today.

Many of these tremendous thinkers have invited me to give lectures in their respective universities. They have been so generous as to open the doors of their select classrooms and let me talk at will to their students. I have tried not to disappoint anyone of them, trying to shine without being too scandalous, just illuminating the students with the dictum that every single dictatorship is deplorable: including Fidel’s, for it eroded a culture as copious as the Cuban one, replacing it with the perishable pamphlet of the provincial hatred among proletarians, as required by malefic Marxism and malicious Marxists worldwide.

I love all these colleagues who have become ghosts out of their own success. The Cuba we lost forever in Cuba deserves such a kind of nonreciprocal love. But my love cannot overcome the somber sadness of knowing that they all have no choice but to teach Spanish I, or History of Literature II, or Post-Colonial Latin Americanism III (namely, B.S.+), when each and every one of them is an exclusive living treasure of the Cuban literary planet.

I wonder if their non-Cuban students will ever understand the magnitude of the Cubancentric debacle who teaches them by the blackboard or next to the digital projector in front of their innocent ignorance. I wonder if they will value in human terms the secret pain of these Cuban geniuses who enact their best citizen smile day after day, complicit class after class. Men and women who are held hostages by the Cuban despotic passport, and whose most precious and passionate knowledge cannot be taught to anyone in the world, without risking be expatriated from Cuba for life. In fact, they are expatriated from Cuba for life, since we Cubans outside Cuba have been left with a house to stay instead of home to return: we are all in no man’s land, without interesting interlocutors and technically without credible contemporaries.

I confess that I have to make a heroic effort to say goodbye to their corresponding classes without starting to cry. I feel that I am also abandoning them to their fatal fate of diasporic subjects with no important identity any longer. It’s traumatically terrible that we cannot do better for one another, so we just share a more or less amateur handshake, wishing us the best luck remaining out there in our long and wandering roads to nowhere, each knowing perfectly well that there is little to no hope left for us either inserted or expelled by the Left.

If we place a white dot in each university where a Cuban academic survives, the whole Earth would look like a glamorous glacier: a disgrace. It’s the ice of infamy, it’s the S.O.B. snow of a socialist system that cauterized our Cuban condition with its logic of flight or flight: a reactionary rationale that, soon to be reached the first quarter of the 21st century, has saved not a single one of our supposed survivors.

We fucking left. We let the decadent Castrocracy force us to fucking leave. We chose to quit Cuba and now nobody will ever heal the anthropological damage we insidiously inflicted to our own nation. We are the best protagonists of a cultural genocide called Castroism. We don’t deserve the right to apologize to the free Cubans who will come after us, because thanks to our behavior there is not guarantee now that such free Cubans will ever come.




OPINIÓN

El académico cubano desaparecido  LinkedIn logo

Los he visto por todas partes, de una punta a otra de EEUU, por ejemplo. Los puedo contar por decenas, seguramente varios cientos. Son los grandes ensayistas y escritores de la literatura cubana, esa miríada de mentes brillantes y provocadoras que se ganan su decente salario en una u otra universidad privada o estatal. En cualquier parte menos allí donde pertenecen en cuerpo y alma, en nuestra Cuba descubanizada.
No puedo sino sentir pena, a pesar de que son todos unos triunfadores. No puedo, por supuesto, sentir ni una pizca de orgullo. Porque esos hombres y mujeres, esos profesores y creadores de todas las edades e ideologías imaginables (no solo en EEUU, por cierto), son los mismos que ya pudieran estar enseñando sus ideas e innovaciones en una Cuba libre, sin comunismo ni Revolución ni izquierda intolerante ni Castros, sedimentando así las ideas para una Cuba todavía más libre en un mañana imaginario: un país donde nunca más debería de retoñar el totalitarismo, que hace mucho debiera ser una cosa criminal del pasado de nuestra nación, cuya autonomía por desgracia aún continúa secuestrada por el régimen militar.
Muchos de esos magníficos pensadores me han invitado a dar charlas en sus universidades. También han sido tan generosos conmigo como para abrirme las puertas de sus aulas y dejarme conferenciar a mis anchas ante sus estudiantes. Yo he tratado de no defraudarlos. He intentado brillar sin demasiadas provocaciones, iluminando al alumnado con la noción de que toda tiranía es oprobio, sobre todo la que borró una cultura tan copiosa como la cubana, sustituyéndola por el palimpsesto perecedero del panfleto provinciano y el odio entre los seres humanos.
A todos estos colegas desaparecidos en su propio éxito los quiero de corazón. La Cuba que perdimos irreparablemente se merece nuestro mutuo amor. Pero no puedo evitar la demasiada tristeza de saber que no tienen más remedio que dedicarse a dar clases de Español, o de Historia de la literatura, o de Latinoamericanismo poscolonial (ese bodrio), cuando todos y cada uno de ellos son un tesoro vivo de erudición literaria cubana y eminentemente cubana.
Me pregunto si sus alumnos extranjeros alguna vez entenderán la magnitud de la debacle que tienen delante. Me pregunto si valorarán el dolor de este o aquel genio cubano que despliega a diario para ellos su mejor sonrisa cívica, clase vacía tras clase vaciada. Hombres y mujeres rehenes del pasaporte despótico cubano, cuyos conocimientos más preciados y apasionados no pueden enseñárselo a nadie. Porque los cubanos nos hemos quedamos sin cátedra y sin casa: en tierra de nadie, sin interlocutores y de hecho casi sin contemporáneos.
Confieso que tengo que hacer un esfuerzo para despedirme de sus respectivas clases y no llorar. Siento que yo también los abandono a su suerte de sujetos diaspóricos a punto de perder su identidad. Siento que no podemos hacer nada los unos por los otros, excepto darnos un abrazo más o menos amateur, tras desearnos la mejor suerte del mundo en nuestro perverso peregrinar por el mundo, y despedirnos hasta la próxima sabiendo que para los cubanos no hay ninguna otra oportunidad.
Si pusiéramos un punto blanco en cada academia donde sobremuere en vida un académico cubano de primer nivel, el planeta luciría completamente congelado. Nieve de ausencia, hielo de ese horror histórico que nos inhumó al exiliarnos en un sálvese quien pueda donde, a punto ya del primer cuarto del siglo XXI, ni uno solo de esos supuestos salvados encontró ninguna salvación.
Nos fuimos. Nos fueron. No estamos y nadie podrá nunca ocupar el hueco humano que le hicimos a la nación cubana. Somos, también, los protagonistas de un daño antropológico que es parte del genocidio cultural del castrismo. No nos asiste ni el derecho de pedirle perdón a los cubanos libres que vendrán, porque precisamente por nuestra culpa no hay ni la más mínima garantía de que vendrán.

domingo, 21 de julio de 2019

¿Y Fernández? Poema de Roberto Fernández Retamar





UNO DE LOS POEMAS MÁS GRANDES DE LA LITERATURA CUBANA, 

A PESAR DE LA LITERATURA CUBANA.

¿Y Fernández?
Roberto Fernández Retamar

Ahora entra aquí él, para mi propia sorpresa.
Yo fui su hijo preferido, y estoy seguro de que mis hermanos,
Que saben que fue así, no tomarán a mal que yo lo afirme.
De todas maneras, su preferencia fue por lo menos equitativa.
A Manolo, de niño, le dijo señalándome a mí
(Me parece ver la mesa de mármol del café Los Castellanos
Donde estábamos sentados, y las sillas de madera oscura,
Y el bar al fondo, con el gran espejo, y el botellerío
Como ahora sólo encuentro de tiempo en tiempo en películas viejas):
«Tu hermano saca las mejores notas, pero el más inteligente eres tú.»
Después, tiempo después, le dijo, siempre señalándome a mí:
«Tu hermano escribe las poesías, pero tú eres el poeta.»
En ambos casos tenía razón, desde luego,
Pero qué manera tan rara de preferir.
No lo mató el hígado (había bebido tanto: pero fue su hermano Pedro quien enfermó del hígado),
Sino el pulmón, donde el cáncer le creció dicen que por haber fumado sin reposo.
Y la verdad es que apenas puedo recordarlo sin un cigarro en los dedos que se le volvieron amarillentos,
Los largos dedos en la mano que ahora es la mano mía.
Incluso en el hospital, moribundo, rogaba que le encendieran un cigarro.
Sólo un momento. Sólo por un momento.
Y se lo encendíamos. Ya daba igual.
Su principal amante tenía nombre de heroína shakesperiana,
Aquel nombre que no se podía pronunciar en mi casa.
Pero ahí terminaba (según creo) el parentesco con el Bardo.
En cualquier caso, su verdadera mujer (no su esposa, ni desde luego su señora)
Fue mi madre. Cuando ella salió de la anestesia,
Después de la operación de la que moriría,
No era él, sino yo quien estaba a su lado.
Pero ella, apenas abrió los ojos, preguntó con la lengua pastosa: «¿Y Fernández?»
Ya no recuerdo qué le dije. Fui al teléfono más próximo y lo llamé.
Él, que había tenido valor para todo, no lo tuvo para separarse de ella
Ni para esperar a que se terminara aquella operación.
Estaba en la casa, solo, seguramente dando esos largos paseos de una punta a otra
Que yo me conozco bien, porque yo los doy; seguramente
Buscando con mano temblorosa algo de beber, registrando
A ver si daba con la pequeña pistola de cachas de nácar que mamá le escondió, y
de todas maneras
Nunca la hubiera usado para eso.
Le dije que mamá había salido bien, que había preguntado por él, que viniera.
Llegó azorado, rápido y despacio. Todavía era mi padre, pero al mismo tiempo
Ya se había ido convirtiendo en mi hijo.
Mamá murió poco después, la valiente heroína.
Y él comenzó a morirse como el personaje shakesperiano que sí fue.
Como un raro, un viejo, un conmovedor Romeo de provincia
(Pero también Romeo fue un provinciano).
Para aquel trueno, toda la vida perdió sentido. Su novia
De la casa de huéspedes ya no existía, aquella trigueñita
A la que asustaba caminando por el alero cuando el ciclón del 26;
La muchacha con la que pasó la luna de miel en un hotelito de Belascoaín,
Y ella tembló y lo besó y le dio hijos
Sin perder el pudor del primer día;
Con la que se les murió el mayor de ellos, «el niño» para siempre,
Cuando la huelga de médicos del 34;
La que estudió con él las oposiciones, y cuyo cabello negrísimo se cubrió de canas,
Pero no el corazón, que se encendía contra las injusticias,
Contra Machado, contra Batista; la que saludó la Revolución
Con ojos encendidos y puros, y bajó a la tierra
Envuelta en la bandera cubana de su escuelita del Cerro, la escuelita pública de hembras
Pareja a la de varones en la que su hermano Alfonso era condiscípulo de Rubén Martínez Villena;
La que no fumaba ni bebía ni era glamorosa ni parecía una estrella de cine,
Porque era una estrella de verdad;
La que, mientras lavaba en el lavadero de piedra,
Hacía una enorme espuma, y poemas y canciones que improvisaba
Llenando a sus hijos de una rara mezcla de admiración y de orgullo, y también de vergüenza,
Porque las demás mamás que ellos conocían no eran así
(Ellos ignoraban aún que toda madre es como ninguna, que toda madre,
Según dijo Martí, debiera llamarse maravilla).
Y aquel trueno empezó a apagarse como una vela.
Se quedaba sentado en la sala de la casa que se había vuelto enorme.
Las jaulas de pájaros estaban vacías. Las matas del patio se fueron secando.
Los periódicos y las revistas se amontonaban. Los libros se quedaban sin leer.
A veces hablaba con nosotros, sus hijos,
Y nos contaba algo de sus modestas aventuras,
Como si no fuéramos sus hijos, sino esos amigotes suyos
Que ya no existían, y con quienes se reunía a beber, a conspirar, a recitar,
En cafés y bares que ya no existían tampoco.
En vísperas de su muerte, leí al fin El Conde de Montecristo, junto al mar,
Y pensaba que lo leía con los ojos de él,
En el comedor del sombrío colegio de curas
Donde consumió su infancia de huérfano, sin más alegría
Que leer libros como ése, que tanto me comentó.
Así quiso ser él fuera del cautiverio: justiciero (más que vengativo) y gallardo.
Con algunas riquezas (que no tuvo, porque fue honrado como un rayo de sol,
E incluso se hizo famoso porque renunció una vez a un cargo cuando supo que había que robar en él).
Con algunos amores (que sí tuvo, afortunadamente, aunque no siempre le resultaran bien al fin).
Rebelde, pintoresco y retórico como el conde, o quizá mejor
Como un mosquetero. No sé. Vivió la literatura, como vivió las ideas, las palabras,
Con una autenticidad que sobrecoge.
Y fue valiente, muy valiente, frente a policías y ladrones,
Frente a hipócritas y falsarios y asesinos.
Casi en las últimas horas, me pidió que le secase el sudor de la cara.
Tomé la toalla y lo hice, pero entonces vi
Que le estaba secando las lágrimas. Él no me dijo nada.
Tenía un dolor insoportable y se estaba muriendo. Pero el conde
Sólo me pidió, gallardo mosquetero de ochenta o noventa libras,
Que por favor le secase el sudor de la cara.