domingo, 28 de julio de 2019

Pedro Meurice, al Cardenal cubano que nunca fue



A inicios de los noventa (de hecho, desde mediados de los ochenta), Jaime Ortega y Alamino conspiró junto con el regimen de los Castros en contra de monseñor Pedro Meurice Estí, para que El Vaticano no eligiera a Meurice Estí, como le correspondía al llamado "León de Oriente" y lo eligiera a él como Cardenal (en la práctica, como Ministro de Religión).


Jaime Ortega y Alamino es un traidor a la Iglesia, a Cristo y a Cuba. Un hombre imaginado por el Ministerio del Interior.



Maldito sea tu nombre y tu memoria, Cardenal.


Discurso de Bienvenida al Santo Padre
Pronunciado por Monseñor Pedro Meurice,
Obispo de Santiago de Cuba, el 24 de Enero, 1998



El 24 de Enero, 1998, mientras Su Santidad, Juan Pablo II, se encontraba visitando la Ciudad de Santiago de Cuba, fue el Obispo de Santiago, Monseñor Pedro Meurice, que le dió la bienvenida a esa esquina oriental de nuestra tierra. El Monseñor aprovechó para dar una valiente exposición de los problemas que afronta el pueblo cubano a manos de la tiranía de los hermanos Castro, en presencia del mismo "hermanisimo," Raul Castro. 

He aquí la bienvenidad pronunciada por el Obispo Pedro Meurice:

Beatísimo Padre:

En nombre de la Archidiócesis de Santiago de Cuba y de todos los hombres de buena voluntad de estas provincias orientales, le doy la más cordial bienvenida. Esta es una tierra indómita y hospitalaria, cuna de libertad y hogar de corazón abierto.

Lo recibimos como un padre en esta tierra que custodia, con entrañas de dignidad y raices de cubanía, la campana de La Demajagüa y la bendita imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. El calor de Oriente, el alma indomable y el amor filial de los católicos de ésta diócesis primada proclaman bendito el que viene en nombre del Señor.

Quiero presentarle, Santo Padre, a este pueblo que me ha sido confiado, quiero que Su Santidad conozca nuestros logros en educación, salud, deportes; nuestras grandes potencialidades y virtudes; los anhelos y las angustias de esta porción del pueblo cubano. Santidad, este es un pueblo noble y es también un pueblo que sufre. Este es un pueblo que tiene la riqueza de la alegría y la pobreza material que lo entristece y agobia casi hasta no dejarlo ver más allá de la inmediata subsistencia. Este es un pueblo que tiene vocación de universalidad y es hacedor de puentes de vecindad. Pero cada vez está mas bloqueado por intereses foraneos y padece una cultura del egoísmo, debido a la dura crisis económica y moral que sufrimos.

Nuestro pueblo es respetuoso de la autoridad y le gusta el orden, pero necesita aprender a desmitificar los falsos mesiamismos. Este es un pueblo que ha luchado largos siglos por la justicia social, y ahora se encuentra al final de una de esas etapas buscando otra vez cómo superar las desigualdades y la falta de participación. Santo Padre, Cuba es un pueblo que tiene una entrañable vocación a la solidaridad, pero a lo largo de su historia ha visto desarticulados o encallados los espacios de asociación y participación de la sociedad civil, de modo que presento el alma de una nación que anhela reconstruir la fraternidad a base de libertad y de solidaridad.

Quiero que sepa, Beatísimo Padre, que toda Cuba ha aprendido a mirar en la pequeñez de la imagen de esta Virgen Bendita que será coronada hoy por Su Santidad, que la grandeza no está en las dimensionnes de las cosas y las estructuras, sinó en la estatura moral del espíritu humano. Deseo presentar en esta Eucaristía a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido en sus vidas; que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo. Le presento además a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido; la Nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología. Son cubanos que, al rechazar todo de una vez sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquí de Cuba y sobrevaloran todo lo extranjero. Algunos consideran éstas como una de las causas más profundas del exilio interno y externo.

Santo Padre, durante años este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que ésa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana, que sostiene desde abajo todo proyecto como nación.

Le presentamos la época gloriosa del Padre Varela, del Seminario Santiagos en La Habana y de San Antonio Maria Claret aqui en Santiago, pero también los años oscuros en que el desgobierno de Patronato de la Iglesia fue diesmada a principios del Siglo Diecinueve y así atravesó el umbral de esta centuria tratando de recuperarse, hasta que en la década de los cincuenta se encontró su esplendor y cubanía. Luego, fruto de la confrontación ideológica con el marxismo-leninismo estatalmente inducido, volvió a ser empobrecida de medios y agentes de Pastoral, pero no de misiones del espíritu, como fue el Encuentro Nacional Eclecial Cubano.

Su Santidad encuentra esta Iglesia en una etapa de crecimiento y de sufrida credibilidad que brota de la cruz vivida y compartida. Algunos quizás puedan confundir este despertar religioso con un culto Pietista, o con una falsa paz interior que escapa del compromiso.

Hay otra realidad que debo presentarle: La Nación vive aquí y vive en la diáspora. El cubano sufre, vive, espera aquí, y también sufre, vive y espera allá afuera. Somos un único pueblo, que navegando a trancos sobre todos los mares, seguimos buscando la unidad que no será nunca fruto de la uniformidad, sinó de un alma común y compartida a partir de la diversidad. Por esos mares vino también esta Virgen, mestiza como nuestro pueblo. Ella es la esperanza de todos los cubanos. Ella es la Madre cuyo manto tiene cobija para todos los cubanos sin distinción de raza, credo, opción política o lugar donde viva. La Iglesia en América Latina hizo en Puebla la opción por los pobres, y los más pobres entre nosotros son aquellos que no tienen el don preciado de la libertad.

Ore, Santo Padre, por los enfermos, por los presos, por los ancianos y por los niños.

Santo Padre, los cubanos suplicamos humildemente a Su Santidad que ofrezca sobre el altar, junto al cordero inmaculado que se hace para nosotros pan de vida, todas estas luchas y azares del pueblo cubano, tejiendo sobre la frente de la Madre del Cielo esta diadema de realidades, sufrimientos, alegrías y esperanzas, de modo que al coronar con ellas ésta imagen de Santa Maria la Virgen Madre de Nuestro Señor Jesucristo, que en Cuba llamamos bajo el incomparable título de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la declare como Reina de La República de Cuba. Así, todas las generaciones de cubanos podremos continuar dirigiéndonos a ella, pero con mayor audacia apostólica y serenidad de espíritu, con las bellas estrofas de su himno: "Y tu nombre será nuestro escudo, nuestro amparo tus gracias serán."


Bienvenido Juan Pablo Segundo.